El Arte de Crecer
Crecer Jugando
Crecer Jugando es un espacio de Acompañamiento Terapéutico y Educativo para el primer septenio (3 a 7 años), basado en la pedagogía Waldorf.
Desde esta mirada, comprendemos que cada niño llega al mundo con dones y potencialidades propias, que se irán revelando a lo largo de su vida. La tarea del terapeuta o educador no es moldear ni imponer, sino acompañar y crear las condiciones adecuadas para que las capacidades naturales del niño puedan desplegarse de manera libre, sana y progresiva.
El juego, la imaginación, el arte, el ritmo y el contacto con materiales naturales son pilares fundamentales del proceso educativo. A través de ellos, el niño conoce el mundo, se conoce a sí mismo y construye una relación confiada con su entorno.
En el arte de crecer jugando, se respetan los tiempos de maduración propios de cada etapa, fomentando un aprendizaje vivo que integra el pensar, el sentir y el hacer, con el objetivo de acompañar la formación de personas libres, creativas y socialmente responsables.
Para ello, ofrecemos al niño un ambiente cálido y acogedor, donde pueda sentirse seguro, cuidado y acompañado, como en casa. Creemos profundamente que el mundo es bueno y que todo lo que rodea al niño debe estar impregnado de bondad. Somos los adultos quienes tenemos la responsabilidad de crear y sostener un entorno ordenado, hermoso y seguro.
Nuestros movimientos, palabras y gestos, cuando están llenos de amor y coherencia, permiten que el niño se entregue al mundo con confianza, fortaleciendo su desarrollo emocional, social y espiritual.

Aprendo a jugar, aprendo jugando
Para los niños, el juego es alimento: un alimento que, con el tiempo, germinará en una vida anímica saludable.

El arte como recurso sanador
Gracias al grupo Oximesa, en colaboración con Música en Vena, pudimos llevar a los niños y niñas del Hospital Gregorio Marañón un entrañable encuentro diseñado para llevar alegría y despertar la imaginación a través del arte curativo.

El asombro empieza con un pincel y un color
El color no es solo una percepción física; es una experiencia viva, esencial para la terapia, el arte y la educación del ser humano. Despierta el asombro en los niños, una cualidad fundamental y una herramienta pedagógica clave, especialmente durante el primer septenio (0-7 años).
En esta etapa, el color y el pincel se convierten en educadores conscientes, acompañando al niño en su descubrimiento, exploración y expresión del mundo.
